1 agosto 2026 - 10:46
Cada 1° de agosto, comunidades de todo el país honran a la Pachamama con ofrendas y rituales de agradecimiento. La celebración, profundamente arraigada en los pueblos andinos, también busca pedir protección y prosperidad para el nuevo ciclo.
Cada 1° de agosto, miles de personas en distintos puntos de la Argentina participan de las ceremonias en honor a la Pachamama, una tradición de origen andino que expresa gratitud a la Madre Tierra por las cosechas, la salud, los animales y los bienes recibidos, al tiempo que pide protección y abundancia para el período que comienza.
La fecha coincide con el inicio del período más frío y seco del año en la región andina, un momento considerado propicio para “alimentar” a la tierra antes de un nuevo ciclo agrícola. La palabra “Pacha” significa mundo o universo, mientras que “Mama” se traduce como madre, dando origen a una de las creencias más representativas de los pueblos quechua y aimara.
El ritual central de la celebración es conocido como challa o pago a la tierra. Consiste en enterrar una olla de barro con alimentos cocidos, hojas de coca, vino, alcohol, chicha, tabaco y otros elementos como ofrenda. También se realizan sahumados para limpiar las malas energías y pedidos de prosperidad para el hogar, la familia y el trabajo.
Otra de las costumbres más difundidas durante esta jornada es beber tres sorbos de caña con ruda en ayunas, un ritual popular al que se le atribuye la capacidad de alejar los males del invierno y atraer salud y buena fortuna.
Aunque el homenaje principal tiene lugar el 1° de agosto, las ceremonias suelen extenderse durante todo el mes y, en muchas comunidades, también se repiten el primer viernes de cada mes o en momentos significativos, como el inicio de la siembra, la cosecha o antes de emprender un viaje.
Las celebraciones de mayor tradición se desarrollan en las provincias del norte argentino, especialmente en Jujuy y Salta. Localidades como Purmamarca, Tumbaya, Valle Grande y numerosos pueblos de la Puna jujeña conservan ceremonias milenarias en las que se ofrecen alimentos, bebidas y hojas de coca a la Pachamama, manteniendo viva una práctica transmitida de generación en generación.
En la cosmovisión andina, la Pachamama no representa únicamente al suelo, sino a la naturaleza en su totalidad. Es considerada una deidad protectora y proveedora, vinculada a la fertilidad, la agricultura y la vida comunitaria. A cambio de sus dones, quienes participan de este culto mantienen una relación de reciprocidad mediante ofrendas y actos de respeto hacia la tierra.
Los antropólogos argentinos Mario Rabey y Rodolfo Merlino, especialistas en cultura andina, señalaron que «el ritual más importante es el challaco», una ceremonia que comienza durante la noche previa con la preparación de una comida especial llamada tijtincha y culmina junto a un manantial o una acequia, donde se realizan las principales ofrendas de comida, bebida, hojas de coca y cigarros.
En la actualidad, esta tradición convive con otras expresiones religiosas. En muchas familias del noroeste argentino el culto a la Pachamama se practica de manera paralela al cristianismo, mientras que en Perú la figura de la Madre Tierra suele asociarse con la Virgen de la Candelaria, reflejando el sincretismo religioso que caracteriza a gran parte de la cultura andina.
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