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Por el primer siglo de la Radio.

27 agosto 2020 - 09:19

Rubén Sellart en los controles…

Hoy la radio cumple su primer siglo; sin embargo no me olvido que la radio es cada instante. Seguramente, desde diferentes instituciones estatales o privadas se van a hacer racontos históricos y cronologías. Nosotros, en Prensa Libre SN preferimos recordar a alguien que fue puntal de la radiofonía a finales de la década del 50 en la Voz de San Nicolás: Rubén Sellart.

El gringo Acoglanis, en uno de esos bodegones que nos cobijaban después de los programas sentenció: “La radio no es los ladrillos vistos, ni los equipos técnicos ni la altura de la antena. La radio son las personas que salen al aire, las que mantienen el vínculo y el afecto de los oyentes”. Y siguió masticando la de mozzarella como si nada. Y tenía razón.



Uno de mis primeros recuerdos se remonta al año en que “Onga” bigotes de morsa le daba el golpe de estado a Illia. Empiezo a verme sentado en un banco de madera al lado de Rubén Sellart que está moviendo los potes de baquelita negra. Hago foco y detrás del vidrio esta mi papá, Juan Carlos, en el Estudio Uno de Moreno 17. El programa, “Andando Calles”. Me llevaron a la radio antes de ir al Jardín de Infantes. Tengo tatuados los instantes de 54 años dentro de una radio.



Rubén me pregunta:

¿Qué querés escuchar, Javier?

Nino- contesto.

Y Rubén busca entre la maraña de discos que sólo ellos entienden; y saca un long play que tiene la venta prohibida porque es para difusión; y lo saca del sobre, se pone los auriculares y confirma. Elige como un relojero el surco, al fin y al cabo, esto también tiene que ver con el tiempo.

Lo único que recuerdo es una frase de ese tema en la voz de Nino Bravo:

Allí quedará mi silla

Sin que nadie se siente en ella,

Allí quedará mi amor

Entre las paredes viejas.



Rubén Sellart fue la herencia que recibí. “El Rengo” me quería y nos encontrábamos siempre en la calle; porque también me enseñó lo que no alcanzó a dictarme Juan Carlos, a caminar la calle. Al fin y al cabo, él no tenía hijos y yo era huérfano; en la calle nos necesitábamos para sobrevivir. Aunque más no sea, para tomar un café y ahorrarnos las horas de terapia– así le gustaba justificar nuestras tendidas en los bares.

Con mi compadre Roberto Karaman, Carlos Del Pozo, Tito Viñas y con Pepe Andrín solíamos llegar una noche a su guarida del barrio California en donde nos esperaba un asado y unos tangos. Era una reunión plenaria de la Agrupación “los carenciados afectivos”.



Un día antes de que la Radio cumpla 100 años; Rubén Sellart cerró sus ojos. La mísera muerte sólo se lleva un atado de venas y órganos, porque su vida se queda con nosotros, y no pretendemos soltarla.

Este huérfano no llegó a poner las dos monedas en su féretro para que Rubén pagara el barquero y cruzara el río Aqueronte. Me consuela saber que se las va a rebuscar; como buen perro callejero.



Por Javier Tisera.

En la imagen: Juan Manuel Carrois; Rubén Sellart y Ricardo Pablo Barreñada.

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