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Para cuando me llegue el olvido.

18 octubre 2020 - 13:53

Javier Tisera se introduce en la realidad de su madre para dialogar con ella.

Por Javier Tisera

Está parada en el andén mirando al horizonte. Aunque hace seis años que los trenes no circulan; ella está ahí esperando. En la mano derecha sostiene una bolsa. Es una bolsa de tela que daban en “Doña Sol” pero no tiene forma de zapatos. Estuve mirándola unos minutos y después me acerqué

  • -Buen día, le digo.
  • -Buen día contesta amablemente y con su tono castizo.
  • -¿No sabe a qué hora viene el tren? – pregunto.
  • -En un momento…siempre pasa por la mañana.
  • -¿Disculpe usted hasta dónde viaja?- me animo a preguntarle.
  • -Al monte Artxanda.

Me cuesta pensar en el monte Artxanda que queda a miles de kilómetros de donde estamos parados. Hace años que no escuchaba hablar de este monte vasco.



  • -Perdone la curiosidad pero ¿qué la lleva a viajar a Artxanda?
  • – Voy a almorzar con mi padre. El capitán Florencio Echeverría Orueta.
  • – Ah pero qué bien. ¿Él la espera?
  • – No… él está en el Cinturón de Hierro con los zapadores y no se imagina que le llevo un poco de queso, una “bondiolita” y un pan casero. ¿Y usted a qué va a Artxanda?
  • – Vuelvo de licencia al batallón; soy soldado de su padre en la Compañía A.
  • – Sabía que eras un “chicarrón” del norte y de los nuestros, republicano.


La radio del sereno habla de la invasión a Irak y del petróleo que se mezcla con la libertad para darles ánimo a los marines.

No se me ocurren motivos para convencerla de que vuelva a su casa.

  • -Disculpe señora. Llegaron mis compañeros en un auto, ¿quiere viajar con nosotros?
  • -No quisiera ser una molestia.
  • -Por favor, para nosotros sería un placer, además el tren no aparece… por favor.
  • -¡Bueno, ya que insiste y vamos al mismo sitio… Vamos!

Abro la puerta trasera del auto para que se acomode en el asiento de atrás. Le cuesta levantar una de las piernas, pero con paciencia ingresa. Le alcanzo su bolsa. Me siento en el lugar del acompañante y el fotógrafo me mira entre asombrado y dudando. Espera una señal.

  • -Chofer, por favor al Monte Artxanda. Vamos a la unidad de zapadores- le digo mirándolo a los ojos y rogando que no se sorprenda.

Arranca el auto y toma calle Pellegrini hacia el río. Los pibes de la escuela regresan a sus casas y la puerta del Normal está llena de padres y abuelos.

  • -¿Está cómoda? -pregunto.
  • – Si. Cómoda y agradecida por la gentileza. Yo tengo un hijo de su edad. Lo tiene que conocer, es muy callejero, como pata de perro. Javier Tisera, ¿lo conoce?
  • -Si, claro. Fue al Industrial. Sí lo conozco.

El fotógrafo me mira de reojo. Está sonriendo. Entendió.

  • -En esto del viaje me olvidé de preguntarle su nombre.
  • -Juan Carlos Thorry. Y no se me movió ni un músculo.


Nos vamos metiendo en el centro de la ciudad. El ajetreo y el tránsito van retrasando nuestro avance.

  • -¿Qué camino vamos a tomar?- pregunta curiosa.
  • – Vamos a cruzar por el Puente de La Salve…
  • – No lo conozco, ¿eso es nuevo!!??
  • – Lo construyó el gobierno de Aguirre para que las tropas puedan llegar rápido a Artxanda -con la seguridad del que miente pero no tiene opción.

Vamos avanzando lentamente por Pellegrini y cruzamos Savio. Y en ese instante escucho una melodía de la infancia, y es su voz casi imperceptible, la de siempre…

 He preguntado a los vientos

y al polvo de los caminos

pero ninguno me dice

cuál ha sido tu destino

Me doy vuelta y por primera vez en el día le veo los ojos más verdes que nunca.

  • -“Los Bocheros”… ése es El puente de piedra, ¿no?- descubro que es la única verdad que dije en toda la mañana
  • -¿La conoce, Thorry?- me pregunta.

Y tratando de imitar a un tenor le sigo la canción con el estribillo para demostrarle que algo de ella queda en mí; y que no todo es una parodia.

Y ella, me sigue entonando esa vieja canción:

Dímelo puente de piedra

si me ha olvidado

si me ha olvidado

y si sabe que he quedao

y si sabe que he quedao

con el corazón herido.

Y el auto con chofer militar sigue su camino al Cinturón de Hierro en Artxanda donde nos esperan en el batallón.


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