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Memé

18 octubre 2020 - 10:12

Las líneas con las que Alejandro Andrín recuerda a su madre y por qué no, un poco a todas.

Por Alejandro Andrín

En aquella época, ahora lo comprendo, mi vieja disimulaba nuestra humildad de manera que no lo notáramos. Y fue exitosa. Teníamos una piecita donde prolijamente guardaba latas de conservas para utilizar en las noches en que llegábamos con hambre y poco en la heladera. Entonces podía aparecer una lata de atún que acompañábamos con huevos duros. Y era exquisito.

Pero una noche, para mis diez años, sucedió una tragedia. Me fui a bañar. La humildad era, entonces, una pequeña garrafa adherida a un quemador y a la flor de la ducha. Ese era el calefón con que nos bañábamos y que no lograba atemperar del todo el invierno. Había que recordar apagarlo cuando uno terminaba  porque si no el fuego seguía impiadoso derritiendo todo. Cuando me fui a bañar una llama sibilante, artera empezó a salir del pico mal enroscado de la garrafa y comenzó a incendiar la toalla. Salí corriendo desnudo. Una vecina que justo estaba gritó que abandonáramos la casa, que la garrafa iba a estallar. Y se fue. Éramos 3 asomados apenas en la puerta del baño, mi hermano, mi vieja y yo, desnudo, sin saber cuánto de frío había en el temblor y cuánto de miedo. Desde la puerta de calle la vecina insistía en que nos fuéramos y llamáramos a los bomberos. Ya el fuego había incendiado la cortina del baño y parte del botiquín. Entonces la Memé, mi madre, fue hasta la cocina y volvió con un trapo de piso que previamente había sumergido en un balde con agua. Desde la puerta lo tiró con precisión, el trapo giró en el aire y se enroscó en el pico de la garrafa. Entonces ella entró, cerró la maldita garrafa, abrió la ducha y entre el humo y la sorpresa dejó que el agua apagara la toalla y luego con un solo gesto arrancó la cortina y la metió dentro de la bañera. La vecina se persignaba. Y yo había conocido las honduras de mi fragilidad.



Una hora después nadie hablaba. Estábamos los tres solos. Yo todavía temblaba.  Entonces ella buscó dinero: contó billetes y monedas. Y dijo vamos a El Trébol que quedaba a dos cuadras de casa. Era una pizzería. Por las noches cuando veníamos del trabajo pasábamos por entre las mesas distribuidas en la vereda y nos demorábamos a propósito buscando los exquisitos aromas que salían de la cocina. Luego seguíamos para nuestra casa. Pero esa noche hubo una Coca para cada uno, y maníes con cáscara y  también tostados que llamábamos Carlitos y dos porciones de muzarella, como Dios manda. Con mi hermano jugábamos a tirar las tapitas de cerveza a Avenida Savio para que los coches las aplastaran. La brisa fue disipando el humo de nuestro hogar y los miedos de la noche.

Entonces vi que mi vieja tenía una mano quemada que disimulaba con pasta dental que se había puesto. La vi cuando levantó el vaso de Coca y nos invitó a brindar ya no recuerdo bien porqué. Hoy hace un año que murió. Nunca podré terminar de agradecer tanta heredad.


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