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Hermanos en armas

1 abril 2019 - 23:53

Un cuento del escritor nicoleño, Raúl Rodríguez. Homenajeando este 2 de Abril

El doctor Fuentes pegó la radiografía en la pantalla radiante y la comenzó a estudiar. Mariano se había parado frente al esqueleto didáctico, mirándolo con un rictus burlón. “Yo”, pensó, mordiéndose el labio inferior y abriendo el botiquín. Sacó unas aspirinas de la tableta ya en uso y las masticó hasta que se volvió una pasta agria. Al tragarlas sintió que un líquido ardiente le abría un hueco en el estómago. Puso el bastón en la camilla y buscó en el almanaque una fecha con el dedo. El doctor, abstraído en el estudio de la placa, reflejaba un semblante de preocupación; como un juez que tuviera que dictaminar una sentencia mortal. Recién cuando Mariano le dio un sopapo al esqueleto, el doctor pareció volver  en sí. Su cuerpo se estremeció por la sorpresa, pero no soltó una sola palabra. Mariano arrastró una silla, la hizo girar por una de sus patas, y se sentó a caballo; encendiendo un cigarrillo. Acompañando la primera bocanada de humo, estiró la pierna y entonces se vio el agujero que tenía en la suela de la zapatilla, espejeada en la lámina de acero inoxidable del esterilizador de instrumentos. Se encogió de la vergüenza.

-Por tu rodilla te rechazaron en la fábrica-dijo el doctor Fuentes.

-No es por eso. Pasa que a nosotros nos creen locos-contestó Mariano, sin  dramatismo.

Al levantarle la botamanga del pantalón el doctor se asombró al ver que la rodilla era como un higo maduro a punto de explotar. Presionó con suave cuidado la rótula anegada de un acero violáceo y dijo:” Hay que volver a operar”. Mariano aplastó el atado de cigarrillos vacío y lo tiró arriba del escritorio. Los cafés que había servido el doctor Fuentes, habían quedado humeando, sin tocar. De un cajón del escritorio extrajo una petaca de whisky, y llenó dos vasos, que chocaron por encima de sus cabezas.

-¡Entonces brindemos por los locos!-propuso el doctor Fuentes, pasándole el otro casco de papel de diario que Mariano había fabricado en el primer encuentro.

-El mismo que tomaba Galtieri-dijo irónico, Mariano.

Fue en Pradera del Ganso.

Durante la estrategia de movimiento de pinzas del ejército enemigo, que ya había consolidado su cabecera de playa, el soldado Jerónimo Fuentes, había sido alcanzado por una bala trazadora en una mano; que se la arrancó de un soplo de fuego, cuando se dirigía a un nido de ametralladoras con el objetivo de neutralizarlas, abriéndose paso a través de una cortina de humo a causa de los proyectiles de fósforo blanco.Mariano, que integraba el pelotón logístico de la misión, sin dudarlo, cortó una tira de su camperón de campaña con la bayoneta, y se lo enrolló en el muñón. A pesar que fue alcanzado por un esparcimiento de esquirlas de granada que lo arrodilló, logró meterlo en una trinchera en medio del fuego cruzado. Había cascos junto a  cartas que conservaban intactas las estampillas.

-¿Qué hago con esta mierda?

-Antibióticos. Y nada de tabaco ni de alcohol.

-Un vaso de vino dicen que hace bien al corazón.

-El problema es cuando te pasás de un vaso.

-El problema del vino es cuando se acaba.

El paso del tren llenó el consultorio de un temblor espantoso que rebotaba por las paredes. El cuadro del diploma se descolgó del clavo, cayendo con un estrépito de vidrios rotos sobre el tocadiscos. Esta vez el doctor Fuentes no esperó que le pidiera Hermanos en armas. Sopló la púa y hasta las frituras sonaron a música. Cuando escuchó la apertura, como un melodioso aleteo de mariposa nocturna, para Mariano fue salir de esta realidad de pesadilla, para entrar a esa otra que nos mantiene vivos que es la realidad de los sueños.

-Hermanos en armas-dijo Mariano.

-Nosotros-dijo el doctor Fuentes.

-Claro, nosotros. “Qué absurdo es estar aquí, hablándonos por la boca del fusil…”

-Sigo insistiendo que…

-Che, doctor. ¿Cómo hiciste para estudiar con una mano menos?

Era la pregunta inevitable de todos los sábados cuando se encontraban por la mañana en el consultorio. El doctor Fuentes entonces volvía la púa al inicio del disco; y contestaba con la no menos inevitable respuesta:

-Estudié con la cabeza.

-¿Y cómo hiciste?

-¡Atención!-gritó el doctor con severidad marcial.

Rígido en su posición de firme, a Mariano del fondo de las tripas le salió un gritó que superó al del doctor Fuentes.

-¡A sus órdenes, Sargento!

Fuentes ni siquiera insinuó una sonrisa.

-Sos un héroe. Nunca voy a olvidar tu coraje.

-¿Héroe? Dejáte de bolacear. Si estaba cagado en las patas.

Se quedaron callados, inmóviles. Después del abrazo se miraron a los ojos y el doctor Fuentes disparó a quemarropa algo que Mariano ya no quería oír más.

-Te conviene operarte, hermano.

-Bah. Las esquirlas piratas me van a perseguir toda mi podrida vida-dijo Mariano, dirigiéndose a la puerta de calle, tratando de disimular los masajes que se hacía en la rodilla.

-Hasta el próximo sábado.

-El sábado que viene no puedo.

.Eh, che. ¿Por qué?

Mariano colgó el casco de papel en el perchero de entrada y volviéndose, le dijo al oído con una vehemencia de tormenta tardía.

-Tengo que desfilar. Es 2 de abril.

Raúl Rodríguez

Fotografía: Román Von Eckstein

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